Sin embargo, las
mujeres debían llevar el cabello largo y bien recogido, tal como marcaba la iglesia,
lo que, en una época en que disponer de jabón se consideraba un lujo, obligó a
agudizar la imaginación para crear todo tipo de moños y trenzas. La única
manera de proteger el cabello de la suciedad y los piojos era cubrirlo
convenientemente, por lo que se generalizó el uso de capuchas, velos, gorros y
sombreros, en invierno y en verano. Las mujeres intentaban arreglarse de la
manera más coqueta posible sin salirse de los cánones estrictamente indicados.
Las más humildes tejían en sus cabellos trenzas de todo tipo que generalmente
nunca dejaban caer, sino que se enroscaban encima o alrededor de la cabeza
formando originales recogidos. Sus únicos recursos para hacerlo eran peines de madera e hilos de lana.
A menudo, se
usaban flores como ornamento, pues era lo único que tenían a su alcance. La
raya en medio era lo más convencional y no solía haber tiempo ni ganas para hacer nada que se saliera de lo
establecido. Para la gente del pueblo resultó una época oscura y demasiado dura
para pensar en la belleza física.
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